miércoles, 3 de enero de 2018

Somos gente normal

*Artículo publicado en La Razón.


“Los que educamos a nuestros hijos en casa somos gente absolutamente normal”

Laura Mascaró, testimonio de madre que educa en casa



Pero si no va al colegio ¡no aprenderá nada! Creo que mi prima tenía cuatro o cinco años en ese momento, y me miraba con los ojos muy abiertos, entre incrédula y preocupada

Se refería a mi hijo a quién yo había decidido desescolarizar, si es que puede aplicarse ese verbo a un niño de tan sólo tres años y medio que acababa de empezar la escuela infantil. No diré que fuese una decisión fácil y, además, no tenía ni idea de cómo nos iba a ir. Tenía muchas dudas y ninguna certeza: ¿podría organizarme bien? ¿Aprendería mi hijo todo lo que se supone que un niño debe aprender? ¿Se sentiría solo? ¿Se resentiría nuestra, hasta entonces magnífica, relación? Si la mal llamada conciliación ya es difícil de por sí, cuando los niños no van a la escuela la cosa se complica aún más. No sabía cómo lo haría, pero estaba dispuesta a intentarlo. No sabía si duraría unos meses o unos años. ¿Querría mi hijo incorporarse al sistema alguna vez? ¿Tendría que escolarizarlo para poder dedicarme plenamente a mi profesión?
Ahora que mi hijo tiene 12 años y sigue sin pisar la escuela, ya tengo algunas respuestas a todas esas preguntas y sonrío con comprensión ante los comentarios y preguntas de amigos y conocidos. Al principio no sabía muy bien cómo responder porque, claro, yo misma era un mar de dudas. Cuando me preguntaban por las famosas raíces cuadradas: “pero ¿cómo las aprenderá si no va al colegio?” o cuando me aseguraban que la única forma de garantizar una adecuada socialización era a través del colegio, yo daba respuestas que me habían dado otros pero que nosotros todavía no habíamos experimentado.
Luego vino la fase del enfado. De sentirme constantemente juzgada y de aprender a no dar explicaciones a quién no las merece. Porque hay preguntas y comentarios bienintencionados y otros, no tanto. Como también hay mucho prejuicio. Tanto, que del enfado pasé a la risa floja cuando otra madre, al vernos comer y sabiendo que éramos homeschoolers, preguntó atónita: “Pero, ¿no sois vegetarianos?”. - “¿Perdona?” - “No, bueno, como el niño no va al cole y eso...”.
“Y eso”. Ahí estaba la madre del cordero. Algo hemos hecho muy mal los homeschoolers como para que el resto del mundo nos adjudique una serie de características que, desde luego, no tenemos.
Recuerdo la primera vez que asistí a un encuentro de familias que educaban sin escuela. Tres días en primera línea de mar con casi un centenar de personas. Me propuse hablar con cuánta más gente mejor. Yo era una recién llegada y quería que me contaran sus testimonios de primera mano. Enseguida me di cuenta de que no teníamos nada o casi nada en común. Me llevé una pequeña decepción porque estaba muy ilusionada ante la perspectiva de conocer a otras familias “como la mía”. Sin embargo, resultó que sólo coincidíamos en el hecho de no llevar a los niños a la escuela. Eso era todo. Quitando ese tema, no tenía prácticamente nada que hablar con ninguno de ellos. Pero me di cuenta de que, por lo general, les pasaba lo mismo a los demás. Todos educábamos en casa pero no por los mismos motivos, no con los mismos métodos, no con el mismo tipo de organización. Allí había familias antisistema, conservadoras, cristianas, ateas, viajeras, veganas, numerosas, adoptivas, expatriadas, trilingües, activistas, funcionarios y emprendedores.

Siempre he tenido un carácter profundamente activista así que en el homeschooling encontré una causa ideal por la que trabajar. En realidad no se trataba tanto de homeschooling como de libertad educativa. No se trataba de convencer a la gente de las bondades de la educación sin escuela sino de promover la aceptación (social y legal) de otras formas de educar más allá de la ofrecida por el sistema oficial. Sabía que necesitaríamos la aceptación social antes de pretender el reconocimiento legal y por eso me dediqué intensamente a la difusión de la educación sin escuela. Tengo claro que lo que no se conoce se presume negativo. Y negativo puede significar muchas cosas. Aunque es cada vez menos frecuente, cuando se habla de niños que no van a la escuela la gente tiende a pensar en niños abandonados, quizás obligados a trabajar. O en familias que viven en comunas, van descalzos y le rezan a la Pachamama. Por supuesto, veganos y anitvacunas.
Una parte de la responsabilidad es nuestra. Todas las semanas me llegan emails tanto de periodistas como de estudiantes universitarios que quieren hacer sus trabajos de fin de grado sobre la educación en casa. Me preguntan por qué lo hacemos, cómo nos organizamos y cómo suplimos esa supuesta falta de socialización. Después me piden que les ponga en contacto con otras familias para conocer sus experiencias pero casi nunca lo consigo. Las familias no hablan. Las familias no enseñan lo que hacen. No explican cómo y por qué lo hacen. Y así crece el mito del antisistema que vive montado en el dólar (porque, claro, si no eres millonario no puedes permitirte no llevar a los niños a la escuela).
En los Estados Unidos el mito es otro (aunque algo de eso hay también a este lado del charco): el de las familias conservadoras que crían a sus retoños en una burbuja porque, claro, ellos tienen la verdad y no pueden permitir que sus hijos se mezclen con infieles que les hagan dudar de la Creación divina del mundo.
Poco antes de que mi hijo cumpliera seis años nos fuimos a vivir a Madrid. Una de las cosas que más me ilusionaba de este cambio era que sabía que en esta comunidad había muchas familias homeschoolers. Cuando llegamos, me llevé una sorpresa al descubrir que sí, había familias, pero no estaban en contacto y no se juntaban para hacer actividades. Decidí que, si no había comunidad, la íbamos a crear. Empecé un grupo con otras tres madres. Todas las semanas organizaba un encuentro que casi todas las semanas acababa cancelándose por falta de participación. Pero, poquito a poco, conseguimos ir viéndonos y conociéndonos y fueron llegando más y más familias hasta que, seis años más tarde, tenemos un grupo de 30 familias con niños de 0 a 6 años y un grupo de 70 familias con niños mayores de seis. Aquí he vuelto a comprobar, como en aquél primer encuentro, que muchos no tenemos nada en común. Que hay todo tipo de familias y que, precisamente, ésa es nuestra gran riqueza. Yo sé que cuando a mi hijo le interesa algo, puedo decirlo en el grupo y, con toda seguridad, alguien sabrá algo del tema o sabrá a quién acudir.
Y sigue habiendo familias anarquistas, comunistas y conservadoras, cristianos, agnósticos y budistas, veganos y amantes de la carne. Hay médicos, ingenieros, abogados, cuentacuentos, artesanos, carpinteros, informáticos, funcionarios, periodistas, profesores y un largo etcétera (y sí, leyó usted bien: profesores, también) Viven en casas grandes, pequeñas, con jardín o sin él, en un piso en la ciudad o en una casa de campo. Unos viajan y otros no se lo pueden permitir. Hay hijos únicos y familias numerosas (hasta 10 hijos, he contado). Hay quien da clases al estilo tradicional y quien aprende por libre.
Ahora que mi hijo mayor tiene 12 años y el pequeño, dos, sé que mi prima se preocupaba en vano. Sé que aprender, se aprende. Sé que socializar, se socializa. Y sé que no hay un perfil en el que todos encajemos porque somos tan diversos como diversa es la sociedad. Ni más, ni menos. ¿Veganos? Algunos. ¿Cristianos? Algunos. ¿Anarquistas? Algunos. Diría que todos somos gente normal que, por un motivo u otro, hemos tomado una decisión que en esta sociedad no es, todavía, normal.




Leer más:  “Los que educamos a nuestros hijos en casa somos gente absolutamente normal”  http://www.larazon.es/familia/los-que-educamos-a-nuestros-hijos-en-casa-somos-gente-absolutamente-normal-AA17354721?sky=Sky-Enero-2018#Ttt1ay1I5eAcR3vC

martes, 2 de enero de 2018

Madres emprendedoras

Serie Madres Emprendedoras en la sección de Familia de La Razón. 

Entrevista de Gema Lendoiro.



Laura Mascaró Rotger es un ejemplo claro de emprendimiento tras la maternidad y cuya experiencia, la de ser madre, le sirvió para abrir nuevos horizontes. En España no está permitido educar en casa, el homescholing es alegal y muchos padres que recurren a él se sienten perdidos. Para este tipo de padres pero también para los que envían a sus hijos al colegio están destinadas las asesorías educativas que Laura creó. También tienen cabida en su empresa talleres de educación financiera para padres, niños y colegios privados. Junto a su marido, padre de sus hijos de 12 y 2 años, tiene una pequeña productora dedicada fundamentalmente a los vídeos corporativos para profesionales autónomos y pequeñas empresas.


¿Cómo se organiza en el día a día para trabajar? ¿Necesita ayuda? 


Todos los domingos me reúno con mi marido y organizamos la agenda para la semana siguiente en función del trabajo que cada uno tenga y de las actividades de los niños y cualquier otra gestión que debamos hacer.


Las claves de nuestra organización son:


1) Desechar la idea de “llegar a todo”


2) Pensar en términos de gestionar la energía en vez de gestionar el tiempo


3) Delegar y externalizar algunas tareas que no queremos o no podemos hacer (la limpieza de la casa o la gestión de los impuestos, por ejemplo)


4) Automatizar procesos (es muy útil en la gestión del email y las redes sociales, por ejemplo. Saber que hay cosas que “se hacen solas”)

Creo que cualquier madre, emprendedora o no, necesita ayuda. No sólo por la logística sino también por salud mental. Mis hijos no van a la escuela pero no me ocupo yo de todo. ¡Sería una locura! En las épocas de más trabajo hemos contratado canguros. Otras veces nos ayuda la abuela. Con la educación del mayor nos coordinamos con otras familias que también educan sin escuela y a veces contratamos profesores.


-¿Cree que las pymes o autónomas son las grandes perjudicadas en cuestiones impositivas?

-Ser autónomo o tener une pequeña empresa es muy difícil en muchos aspectos, también en el impositivo. Ahora, creo que España tiene un sistema impositivo muy complejo que hace que los individuos paguen impuestos sin darse mucha cuenta de lo que están pagando. Sería bueno que se simplificara y se racionalizara. El Estado pone muchas trabas al emprendimiento pero también al empleo. He conocido personas que rechazaban trabajos porque con las ayudas cobraban más que trabajando. Y otras personas, muy capaces, con grandes ideas, que no fueron capaces de poner en marcha su pequeña empresa a causa de las interminables trabas administrativas. Luego se quejan de la economía sumergida, pero es que los incentivos son los que son.



-El hecho de ser madre, ¿le aportó mayor valor a la hora de emprender su negocio?

-No diría que me aportó más valor pero sí mejoré mis estrategias. Nunca me ha gustado trabajar por cuenta ajena y tampoco he anhelado la supuesta seguridad de un puesto en la administración. Vengo de familias de empresarios, profesionales liberales y creativos. Siempre he valorado mucho mi libertad así que cuando acabé la carrera de Derecho, tras un breve período en banca, decidí abrir mi propio despacho. Luego nació mi hijo, decidí que no iría a la escuela y ésa ha sido mi prioridad desde entonces. Cuando ya no se trata de ganar tu pan, sino el pan para los hijos, se agudiza el ingenio. Empecé a crear un sistema de ingresos múltiples, incluidos los ingresos pasivos, de modo que si una de esas vías de entrada de dinero falla, no nos quedáramos sin nada.


Al estar educando de esta forma, empezaron a llegarme familias que me pedían asesoramiento. Primero fue asesoramiento legal. Después, también pedagógico y logístico. Y casi sin darme cuenta, dejé la abogacía y me centré en las asesorías educativas y los talleres. Así que ser madre me ha hecho ser más eficaz, pero creo que el valor ya me venía de fábrica.


¿Cree que las mujeres que trabajan siguen teniendo doble carga con respecto a los hombres?

En general, sí, aunque no es mi caso. Yo fui madre soltera durante muchos años así que, cuando decidí empezar una nueva relación tenía muy claro lo que de ningún modo iba a aceptar. Encontré la combinación perfecta en mi actual pareja. Nos respetamos y compartimos los mismos valores.


Pero es cierto que las mujeres tendemos a priorizar mucho más el cuidado de los hijos (y de los padres, si es el caso). Yo gestiono un grupo de networking online para madres y lo veo todas las semanas. Quería entrar a un grupo de networking presencial y no pude porque se me exigía un nivel de compromiso que sabía que no podría cumplir. Así que creé uno específico para madres en el que, sí, se exige cierto compromiso, pero tenemos muy en cuenta que lo primero son los niños. Es online precisamente para facilitar la participación y cuando hacemos reuniones por videoconferencia siempre hay alguna que se conecta con el niño al pecho o que no se conecta porque el niño todavía no duerme o se ha puesto enfermo.


Creo que es importante no pretender vivir como si la maternidad no cambiara nada. Porque lo cambia todo y sobre todo para la mujer. El embarazo, el puerperio, la lactancia... son muchos meses (o años) de cambios físicos, hormonales, de un cambio radical en las prioridades. Y así debe ser. Nadie debería sentirse culpable por querer estar con sus hijos.


-¿Qué opina de la “conciliación”?

-Que es una mentira muy bonita que ha hecho mucho daño. Que destruye familias, destruye parejas y destruye vidas. Es lo que decía antes sobre la idea de “llegar a todo”. ¿Desde cuándo una sola persona tiene que ocuparse de la casa, la comida, la ropa, los niños, de gestiones varias y, además, salir a ganarse un sueldo y no renunciar a las aficiones ni a la vida social? ¡Eso no ha pasado nunca en la historia!

Nosotros decidimos cambiar la conciliación por la integración. Procuramos que todas las facetas de nuestra vida estén integradas: trabajamos con ellos cuando se puede (he dado conferencias con el bebé en el fular, por ejemplo); cuando tengo un viaje de trabajo, a veces aprovechamos para viajar los cuatro juntos (de nuevo, es parte de su educación) y Jon siempre se lleva la cámara porque nunca se sabe cuándo surgirá una oportunidad para él. Ahora Damián, nuestro hijo mayor, nos está ayudando a gestionar el canal familiar de Youtube, por ejemplo, y los dos nos ayudan a cocinar y a limpiar la casa (¡incluso el de dos!). Y si una noche el pequeño no nos deja dormir, al día siguiente trabajamos lo mínimo indispensable. Hemos creado un sistema lo suficientemente flexible como para permitirnos priorizar el cuidado tanto de los niños como el nuestro propio.

Así que, no, la conciliación no existe. Poner guarderías no es conciliar. Es ayudar a que las familias vivan como si la llegada de un hijo no cambiara nada. Parece que nuestra sociedad actual se está olvidando de la importancia de la convivencia de niños y mayores. Tengo amigos que ven a sus hijos no más de dos horas al día y, con suerte, el fin de semana. Acaban siendo perfectos desconocidos. Me parece muy preocupante. 












Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...